Hay un pasado que aún hace eco en nosotros.

 

El Maracanazo es una trama de los caminos y descaminos del lugar del negro en el fútbol y en Brasil.

 

¿Cómo Barbosa nos enseña sobre quiénes somos y quiénes queremos ser?

 

El mundo había recién salido de la II Guerra Mundial y Brasil vivía un nuevo período democrático y de crecimiento económico.  El proyecto UNESCO vino aquí a buscar una salida para el combate al racismo, probando la supuesta democracia racial brasileña.  En este contexto, la Copa del Mundo FIFA era la oportunidad para crear un nuevo lugar para Brasil entre las naciones.  Se construyó el mayor estadio posible, el Maracaná, del tamaño de nuestro orgullo.  La campaña de la Selección Brasileña venía en un creciente, con goleadas históricas en el cuadrangular final. Restaba un juego con los uruguayos y bastaba un empate.  Nos pusimos por delante, pero luego remontamos un gol en contra. Fin de campeonato, de la utopía nacional y del paraíso racial.  

 

Dirigentes, prensa e intelectuales, construyeron una narrativa sobre la derrota que responsabilizó a Barbosa, Juvenal y Bigode, los tres jugadores negros del equipo.  Barbosa, en especial, convivió hasta la muerte con el injusto reclamo por una explicación por lo ocurrido en 1950. La «pena» atribuida a Barbosa pesó por décadas sobre él, sobre nuestra formación racial, sobre atletas y sobre porteros negros. 

 

Ocho años después, el fútbol brasileño caminó por rumbos victoriosos, con Pelé, Didi y Garrincha.  Pero el éxito silenció por mucho tiempo el debate sobre racismo en el fútbol.  Hoy, no más. 

 

La presencia de Barbosa nos convoca a narrar su historia sin racismo, para que podamos reaccionar y desear un país que honre la competencia, brillo y serenidad que marcaron su vida y la de otros atletas negros.